Reflejarnos y entendernos como seres humanos. Texto y fotos: Salvador Perches Galván.
- eseperches
- 7 may 2023
- 6 Min. de lectura

Como apuntamos hace algunos meses, a propósito de la puesta en escena Rebelión, escrita, dirigida e interpretada por Roberto Mosqueda, el término distopía fue acuñado por John Stuart Mill en 1868 y se trata de una proyección de tendencias de hoy en día, hacia un futuro catastrófico y apocalíptico.
En narrativa y cine abundan relatos distópicos, no así textos teatrales recreando distopías. Algunos ejemplos notorios, vistos en México son:
Ah ¡Los días felices! (1960) de Samuel Beckett. Bajo la magistral dirección de Manuel Montoro, la obra se presentó en el Teatro Independencia en 1977, con la espléndida actuación de Beatriz Sheridan, acompañada de Héctor Gómez, con escenografía de Guillermo Barclay. Beckett recurre a la presencia en escena de una mujer hundida en la arena hasta medio cuerpo, no obstante, busca la felicidad y acepta cualquier brizna de alegría para renovar sus esperanzas. La imagen de la progresivamente sepultada Winnie y su desvalido marido, Willie, sugieren que se ha producido algún tipo de cataclismo. Esta mujer hundida en la tierra no está paralizada del cuerpo sino del alma, no la mantiene sin movimientos la enfermedad sino el destino, la vida que a todos nos hunde en cierta inmovilidad, en cierta incapacidad de luchar hasta que la muerte nos hunde en la tierra para siempre.

Lejos (Far Away) (2000) de Caryl Churchill, también ejemplifica los problemas del drama distópico. Con un comienzo escalofriante en un entorno rural, en la obra, la transición, desde la brutalidad política al desorden natural, el desafiante mensaje del texto perdura. La obra, traducida y dirigida por Otto Minera, se presentó en el Teatro El Granero en 2009, con la actuación de Emoe de la Parra.

Sobresalen las adaptaciones para la escena de:
1984 de George Orwell, autoría de Rober Icke y Duncan Macmillan, que se presentó en el Teatro Helénico en 2019. Bajo la dirección de José Manuel López Velarde, con Antón Araiza y Constantino Morán, entre otros.
1984, es la obra cumbre de George Orwell, quien crea una ficción política que retrata a la sociedad del futuro como una dictadura totalitaria, permanentemente vigilada por El gran hermano. La tecnología, las cámaras de vigilancia, la manipulación, asfixian cualquier resquicio de libertad. El pensamiento, el amor, el sexo y cualquier recuerdo son actividades que han de ser controladas, aun a costa de las más atroces torturas.
Una bota aplastando una cara humana…eternamente. Eso es el futuro. Eso es 1984.

La sociedad conservadora de la época reprobó la versión cinematográfica de Stanley Kubrick de Naranja Mecánica (1971), de Anthony Burgues, publicada en 1962, por considerarla una apología de la violencia. En respuesta, 3 lustros después, el autor de la novela realizó una versión teatral en donde redime a Alex, haciéndolo lamentarse de sus acciones, dándole un final moralista a la delirante historia que se volvió un éxito gracias a Kubrick. A partir de esa versión teatral, el director Morris Savariego realizó su propia adaptación en México en el 2000. Aquella Naranja no fue la exacerbada violencia de Kubrick, ni la moralista respuesta de Burguess, fue una versión de Savariego sobre la violencia y deshumanización imperante en las grandes urbes. La obra tuvo temporada en el Foro Shakespeare. Casi 20 años después el productor Sergio Gabriel importó una nueva adaptación teatral, adaptada y dirigida por Manuel González Gil, procedente de Argentina, a escenarios locales.

Como ya apuntamos, recientemente vimos Rebelión, propuesta mexicana, que aborda las profundidades de la naturaleza humana a través de un unipersonal que presenta, por medio de la ficción, el teatro y la danza, futuros distópicos que coinciden con una dolorosa realidad.
Rebelión es teatro-danza, Rebelión, es una narrativa cinematográfica, el guion en el que un solo actor le da vida a todo el universo con sus capacidades histriónicas y corporales validan el montaje.

En un corto lapso se tiempo se suma una aventura escénica mas adscrita a la distopia ¿será síntoma de los tiempos nefastos y quasi distópicos que vivimos en la actualidad?.
Se trata de La luz del otro, una historia que ocurre en el año 2123. La humanidad ha atravesado guerras y pestes que han exterminado a la población casi por completo. Acechados por la peste azul, los protagonistas creen ser los últimos habitantes del Circuito 13, hasta que se dan cuenta que no están solos.
El equipo vuelve a reunir a Sergio López Vigueras, autor; David Psalmon, director y a Bernardo Gamboa, triunfadores absolutos con Tártaro, la puesta anterior de Teatro sin Paredes, a ellos se une en escena Diana Sedano.

Es el año 2123. La tierra es una costra de asfalto y edificios vacíos en la que no quedan hábitats naturales. Guerras y pestes han exterminado a la humanidad casi por completo. Diana y Bernardo creen ser los últimos habitantes del Circuito 13. Durante los años de destrucción, ella se dedicó a cuidar de quienes agonizaban, mientras Bernardo logró sobrevivir manteniéndose en constante huida.
El destino inevitable parece ser la extinción, hasta que se dan cuenta de que no están solos. Entonces, ambos se enfrentan al infinito de posibilidades que plantea el encuentro con el otro. Cuando finalmente se da este encuentro, ese otro se convierte en su última esperanza, pero también en depositario de sus sueños y temores. La violencia se apodera de la relación, y sólo el descubrimiento del rostro del otro les permitirá abrir la puerta a un nuevo entendimiento y, tal vez, a la posibilidad de construir un nuevo mundo.

Después de cuatro exitosas temporadas de Tártaro, considerada una de las mejores puestas en escena de los últimos años, el Colectivo TeatroSinParedes regresa a los escenarios con La luz del otro, donde plantea una reflexión sobre nuestro presente desde la perspectiva de nuestro futuro: una visión del mundo que nuestros sucesores conocerán dentro de cien años, una posibilidad para la Tierra y sus habitantes.
¿Qué alternativas se pueden ensayar desde el teatro? El equipo de La luz del otro encontró inspiración en el pensamiento del filósofo lituano de origen judía, Emmanuel Lévinas. Durante la Segunda Guerra Mundial, él fue recluido en un campo de concentración, y gran parte de su familia, asesinada por el régimen de la Alemania nazi. Después de este horror, Lévinas se pregunta ¿cómo llegamos a este punto?, y se da cuenta de que siempre se ha buscado entender el mundo partiendo del Yo. Es decir, desde una individualidad central que reduce la experiencia humana a unos cuantos conceptos. La identidad se ha entendido como diferencia: Yo soy yo, porque soy diferente del otro.

La tradición filosófica (eurocéntrica, masculina) ha buscado comprender el mundo y a los demás para poder dominarlos.
Lévinas propone que lo ético es primero. Lo primero no puede ser conocer al otro con el fin último de dominarlo. En primer lugar, debe existir una actitud de responsabilidad ante el Otro, que en sí mismo es un infinito, es decir, es irreductible. Tengo que permitir al Otro ser (como un verbo dinámico, no como una identidad estática) y comprometerme con esta responsabilidad ética. Cuando me niego a asumir tal actitud, cuando me atemoriza la incapacidad de aprehender el infinito del Otro, surge la violencia. Por el contrario, poner la ética primero conduce a que la responsabilidad insaciable se convierta en una nueva identidad. Mi identidad ya no es ser diferente del otro, sino ser responsable del Otro.

Estas nociones inspiraron imaginar un encuentro. El encuentro entre dos seres que bien podrían ser los últimos habitantes del planeta. ¿Cómo llegamos a este punto?, se preguntarán. En su pasado hallarán horrores indecibles, sufrimientos que se amontonan unos sobre otros. Pero en ese encuentro, tal vez, se vislumbre una alternativa. Poco a poco, en las máscaras de sus identidades se abrirán grietas de las que emergerá un brillo infinito: la luz del Otro.
Como todos los proyectos generados por TeatroSinParedes, desde hace más de 2 décadas, La luz del otro es una obra que invita a la reflexión sobre uno de los retos más urgentes de la actualidad: nuestra convivencia con la naturaleza y con nuestros prójimos, así como las consecuencias de nuestras acciones sobre los ecosistemas.

Este proyecto reúne un equipo de creadores experimentados y talentosos que han desarrollado una gran complicidad y complementariedad a lo largo de los años, colaborando en múltiples ocasiones y entregando proyectos de gran calidad: Sergio López Vigueras, dramaturgia, escenografía e iluminación; dirección y producción general a cargo de David Psalmon; diseño sonoro de Daniel Hidalgo; Francisco Bringas creo la música original adicional; Mario Marín del Río diseño de vestuario; videoarte de Miriam Romero y las actuaciones de Bernardo Gamboa y Diana Sedano.
La escenografía creada por el propio López Villegas, es un trabajo de videoarte diseñado por Miriam Romero, y que se apoya en el vestuario de Mario Marín del Río; así como, la música original de Francisco Bringas y el diseño sonoro de Daniel Hidalgo.

La escenografía multimedia constituye una ventana que abre hacia una lectura más sensorial, renunciando a los escenografías materiales y estorbosas, también porque ecológicamente es mejor proyectar una imagen digital que construir trastos y trastos de madera. También porque estéticamente el video permite una ventana distinta, es como si fuera una traducción anímico y emocional de los personajes, afirma López Villegas.
La luz del otro es una invitación a buscar la luz, la belleza detrás de la catástrofe. Convocamos a los espectadores a vivir esta aventura, este universo que nos permite intentar reflejarnos y entendernos como seres humanos, concluye su director David Psalmon.

El teatro es de todos. ¡Asista!
Muy recomendable.

La luz del otro, de Sergio López Vigueras.
Dirección: David Psalmon.
Actuación: Bernardo Gamboa y Diana Sedano.
Jueves y viernes, 20 y 21:30 horas, sábado,19 y 20:30 horas, domingo,18 y 19:30 horas. Hasta el 7 de mayo.
Sala Xavier Villaurrutia, Centro Cultural del Bosque. Reforma y Campo Marte, Atrás del Auditorio Nacional. Metro y metrobus Auditorio.
$150.00 General, $45.00 Afiliados al programa Gente de Teatro con credencial vigente.




Comentarios