Me río, aunque sé que no me debería reír. Texto y fotos: Salvador Perches Galván.
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- hace 6 días
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Mi corazón es una blanda furia en una obra inclasificable que combina sátira, comedia oscura y retrato generacional. Una cita imprescindible en la cartelera teatral de inicio de año, escrita por José Emilio Hernández, uno de los dramaturgos más relevantes de su generación y ganador del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2021, y dirigida por Laura Margarita. Con un dispositivo escénico mínimo —una silla y una alfombra—, la obra construye múltiples espacios y personajes, y convierte al vacío en una potente herramienta narrativa.
Conversamos con el joven y prolífico dramaturgo, aquí la plática.
Emilio, el teatro, siendo un arte vivo siempre está sujeto a imprevistos, pero en los estrenos y cuando invitan a prensa debe de ser muy estresante para ustedes.

Sí, pero bien, no nos intimida que se manifieste la realidad de ese modo, más bien vimos como Héctor Sandoval, el actor, resolvió de manera bastante eficaz, es otro espacio, estrenamos en la Sala Novo, y luego hicimos temporada en el Teatro de la Capilla, esta es nuestra tercera temporada, la verdad contentos de estar en un nuevo espacio, trabajar ahí en el foro Shakespeare.
Con todo y sus cucarachas que ya se están volviendo famosas.
Así es, pero además de eso, es un espacio mucho más grande, hay desafíos en muchos sentidos, uno de ellos es el de la difusión, la promoción, que al ser una compañía nueva, hasta cierto punto, y un equipo de trabajo que es chiquito, es un desafío encontrar estrategias para llenar este teatro, que es grande, pero nos interesa el desafío, nos gusta, y pensamos que la obra da para cumplir ese desafío, entonces la verdad estamos contentos, contentos de hacer teatro, de hacer ese tipo de teatro en este espacio.

Te conocí hace poco en la Muestra Nacional de Teatro, y en muy poco tiempo he tenido oportunidad de ver tres obras tuyas y siento que tu dramaturgia es desbordada, trepidante, y, no en Nosotros íbamos a cambiar el mundo, siento que todo se sale de control, y pienso que a partir de una dramaturgia desbordada, no sé si se requiere que la contenga la puesta en escena, por ejemplo en Lo común nunca entendí que tenían que ver los churros y el chocolate, eso a mí me sacó de la obra, en el caso de Mi corazón es un blanda furia también, a ratos, siento una puesta desbordada. David Jiménez tiende mucho al performance y Nosotros íbamos a cambiar el mundo tiene mucho de esto, pero la puesta en escena llega al límite, pero no lo rebasa, y Mi corazón… se desborda, ¿qué opinas a partir de lo que pienso que tu dramaturgia es expansiva, desbordada?

Yo creo que es una palabra muy acertada, el desbordamiento, lo desbordado. Voy a evitar hablar de Lo común porque fue un proceso muy largo de trabajo, de dos años, en el que es complejo abordar el tema, porque fue un laboratorio de trabajo de dos años en el que yo en algún momento, como que me deslinde, entregué la obra y dije ahí está el texto y ahí me cuentan cómo les va, dejé de ir porque estaba haciendo otras cosas.
El proceso se volvió mucho más complejo, se tomaron decisiones que no estaban en el texto, cosa que no me parece mal en lo absoluto, mi acotación no decía sacan unos churros y toman chocolate, cosa que está bien, no es peyorativo en ningún sentido, más bien es la interpretación, o la puesta en escena del director, así como en mi dramaturgia de Nosotros íbamos a cambiar el mundo tampoco decía, saca un trompo, todo eso es la visión del director.
Que también el proceso de Nosotros íbamos… fue de laboratorio, me platicaron que se convocó a todos los creativos, incluido, por supuesto, a Luis Eduardo Yee.
Sí, también, Nosotros íbamos… fue un proyecto que surgió a mitad del 2019, yo creo que la diferencia es que Lo común es un proyecto de una compañía que se llama Compañasauria que dirige Simón Franco y otros compañeros de la Facultad del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Como te comenté, yo en algún momento me deslindo, me voy, me pongo a trabajar en otro lado. Y lo que pasó en Nosotros íbamos… con Luis Eduardo, con David y con Fernanda es que siempre estuve ahí, nunca me deslindé, fue un proceso, yo diría mucho menos intenso, pero yo diría que vale la pena hablar de Lo común en otra ocasión.

Y de Nosotros… porque ahorita el tema es Mi corazón… ¿Estudiaste en el Colegio de Literatura Dramática?
No Salvador, me encantaría, yo estudié en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en el centro de la ciudad. Me hubiera encantado estudiar en la Facultad, aunque digo de broma que si estudié porque me metí mucho a clases de oyente, muchos años fui al taller del maestro Luis Mario Moncada, al taller de Jaime Chabaud, de Edgar Chías, es decir, me metí a los talleres de dramaturgia ahí en la facultad, y me gusta decir que de algún modo no egresé de ahí, pero sí recibí las clases de estos maestros porque me metía de oyente. Estudie en el Claustro de Sor Juana, y lo que es curioso que ahí conocí a Luis Eduardo Yee, el fue mi maestro en el Claustro, ahí se establece el primer contacto con él.

Hablemos de Mi corazón es un blanda furia, la duda, ¿Adal Ramones conoce la obra?, por supuesto que todo es una ficción a partir de una persona real, que se alude directamente a ella, se habla de su esposa, ¿conoce la obra, tuviste que pedir permiso para usar su nombre?.
No, para nada. Creo que tiene que ver con el espíritu de la obra, yo creo sinceramente que no la conoce, no creo que la conozca, es un circuito demasiado independiente, y si la conociera no me preocuparía, justo como lo acabas de decir, en el entendido de que esta es una ficción, no hay ni malas intenciones, ni mucho menos. Simplemente creo que ese actor tiene un personaje y es ese el personaje al que se alude.

Todos vimos los monólogos de Adal Ramones o más o menos los conocemos, o conocemos el personaje de Adal Ramones, es un personaje que pertenece a un universo televisivo con el que yo crecí, yo soy de los años 90, yo nací en el año 93, crecí con esos monólogos y crecí con esa televisión mexicana del Canal 5 de Televisa… …la televisión más comercial… …sí, sí, la televisión que veíamos, la televisión abierta y creo que esa configuración televisiva, agresiva, hostil, de pronto diría grotesca, me formó de un modo, y no solo a mí sino a mi generación, por lo menos de los 90, que nos formó, y entonces creo que el que se mencione el nombre de Adal Ramones, no es, efectivamente, ni a él como actor, ni como persona, si, a él como personaje, pero también a él como un aglomerado de ideas que tiene que ver con la televisión, que tienen que ver con el entretenimiento, y sobre todo con un ideal. Al final la obra, como otras obras que he hecho tiene que ver con la realidad, lo concreto, enfrentado con lo ideal, a lo que aspiramos.

Entonces me parecía necesario desde la dramaturgia, construir un ideal… …y un ideal obsesivo, un ideal que se vuelve una obsesión… …claro, un ideal obsesivo, al que todos nos podríamos sentir identificados, y que de algún modo nosotros, inconscientemente aspiramos. Tal vez no todo el mundo aspiro a ser Adal Ramones, no me refiero a eso, pero sí a lo que esa televisión noventera, que es muy particular, onda Paco Stanley también, Jordi Rosado, que también se menciona en la obra… …conductores cómicos… …claro, a ocupar ese espacio televisivo, que además lo veía tanta gente, creo que se convertía o se convierte en un símbolo muy poderoso para trabajar.
Es justo esa dicotomía entre lo real, lo concreto, y lo ideal, lo aspiracional, que es a lo que se enfrenta este personaje. Todo lo que vimos en la televisión y lo que aspiramos a ser, no lo vamos a conseguir, o no lo conseguimos muchos de nosotros, porque nos legaron, nos entregaron, nos heredaron un mundo, y un México, sobre todo, partido en pedazos, y creo que esos programas, esa televisión, esos personajes, y la idealización de esos personajes es un síntoma de esa partición de este México y de este universo que nosotros heredamos.

Yo creo que mi generación todo el tiempo se debate entre lo que nos pasa, es decir, lo real, y lo que aspiramos a ser, esa es la tragedia de mi generación, no se si de otras, pero si del personaje. El personaje no se contenta con el amor de su patrón, Sergio, por más feo y violento que sea, no se contenta con lo que tiene, como mi generación no se contenta con lo que tiene porque aspira siempre a eso que vio en la televisión, y a esos ideales que se enarbolaron en las telenovelas, en los programas de variedades, y entonces creo que por eso es tan importante la figura de Adal Ramones en la obra, más allá de ser una cosa cómica, creo que es profundamente político e interesante hablar de una figura como esa desde ahí, porque es, ya lo dije, el ideal, y siento que estamos enfrentados a eso.

Y es ese personaje porque personalmente, yo, José Emilio Hernández, sí los vi mucho, vi mucho los monólogos, vi mucho el programa de chico, me quedaba hasta tarde porque el programa salía en la noche, sí le encontraba algo de entretenido, de divertido, más grande fui mucho más crítico de ese entretenimiento, pero a mucha gente le gustaba y a mucha gente le sigue gustando.
Un poco cerrando la idea, no sé si la ha visto, yo creo que no, tampoco le pedí permiso para usar su nombre, y si la ve no sé si le vaya a gustar, la verdad no lo sé, tampoco pienso mucho en eso Salvador. Si te soy honesto como que no me quita mucho el sueño, si la ve y no le gusta y me hace un reclamo pues ya veremos qué hacer. Como que no va de él tampoco, no se trata de él, se trata de otra cosa mucho más grande y más interesante.

Es lo que decías, el ideal del personaje. Y fíjate que es bien grave, nos podemos remitir desde Disney, las niñas, seguramente muchos niños también querían ser príncipes, pero las niñas, todas, o casi, querían ser princesas y ninguna se convirtió en princesa, por más buena situación económica que tuvieron sus padres, no son princesas, les pueden comprar vestidos de princesas, pero no son princesas. Cuántas mujeres habrán crecido queriendo ser Verónica Castro, Lucía Méndez o la Rufo, algunos hombres que vieron telenovelas, habrán querido ser Enrique Álvarez Félix, Guillermo Capetillo, Rogelio Guerra o, peor aún, el señor de los cielos, lo malo es que este ideal imposible, lo único que produce, si no se enfrenta la realidad, es pura gente frustrada.
Exactamente, muy bien. Efectivamente, y enferma también. Por ejemplo, pienso mucho, vuelvo a la cosa generacional, nosotros no vamos acceder a una pensión digna, siento que a nosotros ya nos tocó un México medio partido, entonces ese ideal imposible, como tú decías, no hay ni príncipes ni princesas, ni nos convertimos en estrellas de cine ni de la televisión, justo nos frustramos, porque pensamos que eso era posible de algún modo, y entonces genera toda una generación de personas frustradas, enfermas, como podridas y luchando al mismo tiempo con algo de dignidad, luchando abriéndose paso, trabajando, con todo respeto, en Call centers, ganándose la vida en ubers, profesionistas de taxistas.

Es muy común yo creo que en todas las generaciones, estudiar sociología, estudiar psicología y hacer y dedicarte a otra cosa, esto es muy común, dedicarse a la construcción, dedicarse a los servicios, nos pusimos a estudiar algo y resulta que vamos a hacer otra cosa en la vida. Concuerdo, es una generación de gente que está muy frustrada y muy triste.
Lo peor que no es tu generación, yo te llevo muchos años, y desde que tengo uso de razón y cierta conciencia política, siempre hemos estado bien fregados y siempre los funcionarios dicen que estamos más que bien, y yo me pregunto, ¿si estamos tan bien, por qué estamos tan mal?.
Cuántas personas conforman una generación, y si sumamos una, más otra, más otra, cuántas generaciones, cuantas personas frustradas suman en este país.

Exacto, y ese personaje que ni siquiera tiene nombre, en ese sentido es como una voz que puede amalgamar otras voces, es decir, no es algo que le pasa a Pepito Pérez, sino es una voz general, entonces este personaje que no tiene nombre, y está absolutamente triste, está atrapado, las condiciones que le rodean son hostiles, este trabajo que odia con su jefe que es detestable, vive en una casa diminuta, que se pelea por un finiquito porque necesita el dinero, no esté holgado económicamente. Y al estar en estas condiciones materiales tan estrechas, situación con la que me puedo identificar yo, nos podemos identificar muchas personas, millones, la frustración, la tristeza, el enojo, empieza a formular estos escenarios ideales imposibles, no de locura ni de enfermedad mental, no me interesa, por lo menos en esta obra, tocar esos temas, pero si de una mente frustrada y triste, que salen visiones aspiracionales ideales imposibles, como una relación con Adal Ramones.

Es un personaje que vuela a esa imaginación, se imagina cosas y piensa escenarios y posibilidades, todo con la intención de estar mejor, de buscar el bienestar, hasta cierto punto bien, contento, lo busca desesperadamente, llevado por un deseo, que creo que es una parte fundamental, no solo en la dramaturgia sino en la puesta en escena, que es un deseo brutal irrefrenable, furioso, imposible, que lo lleva a hacer cosas muy tremendas, como meterse a casa de Adal, pelearse, buscar sus calzones, golpear a la sirvienta.
Viéndola así, la obra es brutal porque, efectivamente, retrata a millones y millones de seres humanos, de mexicanos muy concretamente. ¿Te gusta la puesta en escena?

Sí, claro. La directora, Laura Margarita, creo que encontró una zona que a mí me parece muy interesante y que creo que en el texto está, que tiene que ver con lo incómodo, con lo provocador, con lo agresivo hasta cierto punto, pero también con una ternura que está ahí, tal vez entre líneas, pero que está. Para mí es acertado en el sentido de que establece una atmósfera y un principio de incomodidad, es decir, esta obra, por lo menos en principio, no te va a agradar, no va a ser condescendiente, no va a ser fácil tampoco de entrarle, de digerirla, no es complaciente en ningún sentido, no es bonita.
No se si has notado de pronto una tendencia en nuestra cartelera, que todo sea una obra bien contada, que sea conmovedora, que sea algo chistosa, siento que hay una tendencia a buscar que el público se la pase bien, y entiendo hacia dónde va esa búsqueda, pero esta obra tiene otro tipo de búsqueda que tiene que ver con lo incómodo y con encontrar la experiencia estética en eso incómodo, en eso raro, en eso agresivo, y en eso hasta cierto punto provocador. Yo creo que la directora, y el actor también, llegan a un punto en el que si te quedas en la obra te tienes que aguantar, o irte. Creo que sí es muy tajante, o te quedas y te la pasas bien y encuentras, voy a decirlo muy general, algo entretenido en eso incómodo, o algo que te pulsa en eso incómodo, en eso agresivo, o la obra te va a sacar, como nos ha pasado muchas veces, que la gente se sale. Está bien y lo entiendo, no culpo a la gente de: no entienden mi arte, no, al contrario creo que es una obra que permite esa experiencia, es decir, ¡Ya no quiero ver esto, ni quiero escuchar esto!, ¡Me satura o me incomoda demasiado!. Es una puesta en escena que creo que entendió muy bien el sentido de lo incómodo, de lo extraño y de lo raro, de lo poco o nada complaciente ni condescendiente.

En ese sentido a mí me parece que es una puesta en escena efectiva, que logra esa incomodidad. Yo la conozco y la he visto muchas veces, pero no sé tú como espectador que es la primera vez que lo veías, si se logró eso. Y la idea es que en esa incomodidad se encuentre toda esta reflexión que hemos hecho, ver lo virtuoso que es Héctor Sandoval, el actor, creo que va por ese lado. Entonces contestando, sí, estoy satisfecho, creo que es una puesta en escena eficaz, creo que es una puesta en escena que busca algo que no está en tendencia, y por eso tal vez eso tiene una búsqueda muy particular, que no sé si yo porque la conozco y la he visto y la escribí, la veo cuando voy de espectador, o si ustedes los espectadores más recientes la sienten.
Sí me parece una obra incómoda en la que se ven y escuchan cosas que no es común ver ni escuchar en teatro, muchas alusiones sexuales. Por ejemplo, a mí me sale sobrando lo de la cárcel, igual afloran inconscientemente estos diques morales, en donde dos personas absolutamente distantes pese a su relación de sangre, se reencuentran en la cárcel y acaban teniendo un contacto sexual incestuoso, a mí eso sí me sobró. Pero sabes que me molestó muchísimo, la risa estridente del público, yo sentía que eran como paleros. Esas risas, no sé si son nerviosas, pero yo sentía que estaban absolutamente fuera de lugar, si hay muchos momentos “cómicos” aunque también piensa uno que no debería de reírse ante las situaciones planteadas, molestas e incomodas que no son cómicas y uno piensa, ¿no sé de qué te ríes?. Pero es lo que provoca la obra. Esas risas instalándose en terrenos freudianos, que proyectan, es como un mecanismo de defensa ante lo que estás viendo.

Esa experiencia nos ha tocado mucho. Hay publico que es muy serio, en el sentido de que tienen esa experiencia, como tú dices, esto no da risa, al contrario, es muy terrible y se vuelve un público serio. Y hemos tenido la otra experiencia, en este caso creo que fue repartido. En este caso sí los vi, era una fila de puros chicos jóvenes que se rieron desaforadamente como dices.
Ahora, sí se deberían, o no se deberían reír, ese no es no es mi terreno, más bien es cómo cada quien entiende la obra, o cómo se siente en ese momento, y sí puede ser, como dices, una risa nerviosa, una risa de instinto, de reflejo, de mecanismo de defensa. Te reitero que nos ha tocado de todo, públicos que no sueltan ni siquiera una sonrisa, que están en tensión, público que se sale también.
A la función que fui se salió una señora, pero iba con una niña. Se salió cuando en la cárcel el papá le dice al personaje sin nombre, chúpame el pito. Ahí se salió, y es muy razonable. La obra no es para niños.

No para nada, pero en la taquilla les hacen una advertencia. Ella tomó la decisión, es para mayores de 15 años, como B15 en el cine. Pero si nos ha tocado de todo, nos ha tocado público que se ríe desaforadamente desde el minuto uno, hasta el final.
Nosotros como grupo de trabajo, como compañía, nuestra intención es que sea una obra que despierte esa risa nerviosa, esa risa que, me río aunque sé que no me debería reír, me rio por defensa, por supervivencia, por no saber que hacer, Me río para no llorar, o me río para no salirme, o me río porque todos se están riendo. Es una risa compleja, me parece.
Porque no es el chiste barato, ni el albur.
No, para nada. Ahora, lo que decías de lo de la cárcel, lo conecto con lo que decías al principio de lo desbordado, es una obra efectivamente que se desborda, que toca lugares que no debería de tocar, o que debería de tocar, tal vez, de otra manera, más sensible, pero creo que tiene el atributo de ser desparpajada, es una especie de obra río, de que va, y va, y va, y va, y creo que es una de las virtudes de la obra en el sentido de su libertad, de ser lo que verdaderamente es.

Te cuento muy brevemente el proceso de escritura, yo no tenía pensado llevar a escena esta obra, la escribí en un momento en el que yo pensaba que me estaba haciendo muy aburrido y que estaba escribiendo obras muy complacientes, melodramáticas, y entonces me pasaron una obra de un escritor cubano Rogelio Orizondo que se llama Ayer dejé de matarme gracias a ti, Heiner Müller, ese es el largo título de la obra, la leí, es una especie como de versión libre, adaptación rara de Hamlet, y es muy interesante, muy, muy divertida, absolutamente incorrecta, pasada de tono, innecesaria, es una obra que me inspiró en el sentido de, se puede escribir con ese desparpajo, se puede escribir con esa agresividad, se puede escribir con esa ternura, con todo eso se puede escribir. Para mí fue muy importante leer esa obra porque dije, se puede escribir de otra manera, no todos tenemos que escribir con una estructura conmovedora, que el público la entienda y se ría y lloré, y salga con un mensaje, sino una escritura más libre. Así lo pensé yo. Incluso hasta incorrecta, con otra búsqueda, hacer chistes y hacer situaciones ojetes, feas. Y entonces me puse a escribir esta obra con la total libertad de que sabía que nadie la iba a llevar a escena, y que nadie la iba a ver, y que nadie la iba a actuar, y entonces con esa libertad me puse a escribir escribí, y escribí y escribí y escribía, ni siquiera la había terminado, llegué como a tres cuartos de la obra, y Laura Margarita me dijo, Oye no tienes algo por ahí. Le dije, sí. Se la pasé, la leyó, le gustó y me dijo, Bueno, termínala y la montamos. Bueno, si a ti te gustó y crees que vale la pena, adelante.
Entonces yo escribí con esa libertad y la obra es libre en ese sentido de decir lo que sea, de tardarse lo que sea, de evitar los espacios que sean, y claro, tiene un precio, a la gente tal vez no le gusta, tal vez la gente se sale, tal vez la gente se incomode.

Pero así es, que bueno que haya obras que tengan esa búsqueda, porque qué aburrido que todas las obras sean iguales, y que todas las obras busquen lo mismo, o que todas las obras provoquen lo mismo. Creo que es absolutamente necesario y sano que haya obras que habiten lo oscuro, lo raro, lo incómodo, lo feo, hasta lo políticamente incorrecto, lo innecesario, toda esa zona de lo que no debería de hacerse, esta obra lo adopta y dice, Eso que no debería ni de decirse, ni de verse, ni de hacerse, lo obsceno, vamos a construir algo sobre esas estructuras. Ahora, si a la gente le gusta o no le gusta, si la gente se sale o se incómoda, esa es su experiencia, y está bien, nosotros buscamos habitar esos espacios que nos parecen absolutamente necesarios
La pieza, feroz y conmovedora que explora el amor llevado al límite, la obsesión y la fragilidad de la identidad, sigue a un hombre común —habitante de oficinas, de rutinas abusivas y de fantasías románticas imposibles— cuya vida gira en torno a una obsesión amorosa por Adal Ramones, figura emblemática de la televisión de los años noventa. Desde este punto de partida, la obra construye un viaje absurdo y desgastante en el que la devoción, el deseo y la frustración se confunden, revelando el lado más grotesco y vulnerable del afecto contemporáneo, sin dejar de lado el humor y la ironía que suelen acompañar las desgracias más profundas.
La interpretación corre a cargo de Héctor Sandoval, cuya presencia escénica sostiene un relato intenso y profundamente humano. La iluminación es de Fernanda García, reforzando una atmósfera áspera y emocionalmente cargada.

El teatro es de todos. ¡Asista!
Recomendable.

Mi corazón es una blanda furia de José Emilio Hernández.
Dirección: Laura Margarita.
Elenco: Héctor Sandoval.
Iluminación: Fernanda García.
Martes 20:30 horas, hasta el 24 de febrero.
Boletos: en taquilla y https://foroshakespeare.com/evento/
Foro Shakespeare. Zamora 7, colonia Condesa. Metro Chapultepec




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