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La impunidad es un animal que se traga todo. Texto y fotos: Salvador Perches Galván.

  • eseperches
  • 1 jun 2023
  • 10 Min. de lectura


La Compañía de Jesús fue fundada en 1540 por San Ignacio de Loyola y sus compañeros, su misión es la justicia y reconciliación, y trabaja para que las mujeres y los hombres puedan reconciliarse con Dios, consigo mismos, con los demás, y con la creación de Dios.

La historia de las misiones jesuitas comprende figuras de gran talla, y, por su equilibrio doctrinal y su acción pastoral, el padre Mateo Ricci es una de ellas.

¿Quién es Matteo Ricci?

Es un personaje tan fuera de lo común, que se ganó la benevolencia entre los ilustres eruditos de China. Otro jesuita que lo encontró en Macao lo describió: “...y así, similar en todo a los chinos que parece uno de ellos, en la belleza de su rostro, en la delicadeza, en la mansedumbre y en la dulzura que tanto estimamos...”.

Mateo Ricci nació en Macerata, costa Adriática de Italia, el 6 de octubre de 1552. A los nueve años comenzó a asistir al Colegio de los jesuitas de su ciudad natal. A los dieciséis, acabados sus primeros estudios, parte a Roma para estudiar Derecho. A los diecinueve, ingresa en la Compañía de Jesús, más tarde es destinado a Florencia a estudiar Humanidades, y entre 1573 y 1577 vive en Roma, estudiando en el Colegio Romano, en el que cursa Ciencias con el prestigioso físico, también jesuita, Christophorus Clavius. Ricci siente la vocación de trabajar en Asia y allí es destinado; ahí hace historia al convertirse en el “apóstol de China”.

Ricci tuvo gran trascendencia cultural por el diálogo que abrió entre Oriente y Occidente. Introdujo en China la teología, la filosofía, las artes y la ciencia de Europa al tiempo que adopta las costumbres y el modo de pensar de China, y da a conocer en Europa la realidad desconocida de esta nación.

No sólo aprendió la lengua, también asumió el estilo de vida y las costumbres de las clases cultas chinas, eso hizo que los chinos aceptaran al padre Ricci con respeto y estima, ya no como extranjero, sino como al “Maestro del gran Occidente”. En el Museo del milenio de Pekín sólo se recuerda a dos extranjeros entre los grandes de la historia de China: Marco Polo y el padre Ricci.

Ricci no solo va a China para llevar la ciencia y la cultura de Occidente, también para llevar el Evangelio, para dar a conocer a Dios. Y mientras lleva el Evangelio, Ricci encuentra en sus interlocutores la invitación a una confrontación más amplia: el encuentro motivado por la fe se convierte también en diálogo entre culturas; un diálogo desinteresado, que no busca poder económico o político, surge de la amistad, que hace de la obra de Ricci y sus discípulos uno de los puntos más altos y felices en la relación entre China y Occidente.

El primer paso que Ricci y los jesuitas dieron en China, fue aprender la lengua; el segundo, conocer y valorar la cultura china; el tercero estaba centrado en la necesidad de buscar la conversión de la cabeza para que el resto del pueblo siguiera los pasos de sus dirigentes; el cuarto, consistió en buscar una estrategia para llegar a las clases dirigentes, ofreciendo algo que no tenían: el saber de la ciencia en Occidente.

Matteo Ricci tuvo una intensa actividad intelectual y misionera y publicó varios libros. Desde el punto de vista científico, el máximo éxito obtenido por Ricci en Zhaoqing fue su primer mapa geográfico chino. Lo realizó para satisfacer el deseo, muchas veces expresado por los visitantes de la casa del jesuita, de ver traducido en su lengua el mapa universal que, entre todos los objetos de la misión, era el más admirado. En los años sucesivos Ricci publicó otras cuatro ediciones del mapa, perfeccionándolo cada vez. Para evitar el resentimiento de los chinos por la posición marginal de su país, en las sucesivas versiones “sinificó” la orientación, colocando América a la derecha y el continente euroasiático a la izquierda, de modo que China tuviese una posición central y preeminente. El mapa fue un instrumento esencial para que los chinos tuvieran un conocimiento del mundo occidental.

De Nanchang provenía la mayor parte de los letrados. Ricci apuntó: “La gente está inclinada a la piedad... y entre los letrados vi una congregación de personas dadas a razonar las cosas de la virtud...”. En la ciudad se difunde rápidamente la fama de que había un “hombre muy extraño”, diferente de los chinos tanto por su estatura como por sus facciones, pero que sabía todo acerca del idioma chino. Ricci tuvo la oportunidad de conocer y tratar a dos príncipes, parientes del emperador. Para uno de ellos compuso su primera obra escrita en chino, titulada De la amistad, por la cual recibió elogios. Con esto Ricci logró mayor autoridad y estrechó su relación con los letrados de la Academia de la Gruta del Ciervo Blanco, institución confuciana de gran prestigio. La situación general parecía favorable para que Ricci se asentara en la ciudad. Él pensó en la necesidad de conseguir la licencia para predicar libremente en China, pero ella sólo podía obtenerse en Peking de manos del emperador. Valignano, el padre Visitador de los jesuitas, en vista de que de Roma no llegaban los embajadores solicitados, nombró como Superior de la misión en China a Matteo Ricci en agosto de 1597.

Al inicio del año 1601 el mismo emperador dio la orden para que los jesuitas ingresaran a Peking, escoltados por un mandarín. Alcanzaron la capital imperial el 24 de enero. El arribo está registrado en la Historia Oficial de la Dinastía Ming así: “Li Ma Dou del Grande Occidente vino a ofrecer regalos de su país”. Li Ma Dou era el nombre chino de Matteo Ricci.

El 11 de mayo de 1610, en Pekín terminaba la vida terrena de este misionero, verdadero protagonista del anuncio del Evangelio en China en la era moderna, murió, “cerrando sus propios ojos como para conciliar el sueño”. Un signo de la gran estima que lo rodeaba en la capital china y en la misma corte imperial es el privilegio extraordinario que se le concedió, impensable para un extranjero, de recibir sepultura en tierra china.

El año después la casa que contenía sus despojos fue convertida, por orden del emperador, en el cementerio Zhalan, y su tumba fue adornada con los mármoles de la residencia del eunuco Yang, quien había prestado ayuda a Ricci, pero que había caído en desgracia y había sido ejecutado. Aún se puede venerar su tumba en Pekín, restaurada por las autoridades locales.

Cuando Ricci murió los cristianos chinos eran unos dos mil quinientos.

Apasionante la vida de este célebre jesuita, al grado que pare extraída de la pluma de algún novelista, guionista o dramaturgo.

Una travesía similar ha emprendido al maestro de Tavira en donde nos ha hecho, nos hace y nos hará viajar por dimensiones insospechadas, por mundos inimaginables, por realidades ajenas, a través de teatro.

Para el reconocido pedagogo, director, dramaturgo y actor Luis de Tavira su mudanza al teatro fue un tanto misteriosa. Sus planes eran ordenarse como jesuita, dedicar su vida a la fe y seguir los valores de la educación y la justicia.

Con más de 5 décadas de experiencia, durante los cuales ha dirigido más de 100 obras y escrito poco más de una docena de textos para teatro, además de desempeñar una larga labor como pedagogo teatral y ser uno de los principales impulsores de instituciones dedicadas a la promoción del arte escénico en nuestro país, De Tavira es uno de los pilares de la cultura mexicana desde la segunda mitad del siglo pasado.

Su primer acercamiento al teatro sucedió como de manera espontánea en su infancia, con sus hermanos, en su casa en la capital del país.

Por la postura política de su padre, no tenían televisión en su casa. Para compensar esa ausencia, les permitía ir al cine, y, una vez que regresaban a casa, rehacían las películas entre ellos, así aprendieron a vivir la ficción.

De tal forma, inventando mundos, jugando al cine, al correr de los años, a través de esa experiencia tan gozosa, se dio cuenta que lo que hacían, era teatro. Esta importante experiencia anticipó lo que mucho tiempo después, sin que él lo procurara, lo alcanzó.

De Tavira ingresó al colegio jesuita Instituto Patria, y el teatro seguía al acecho, participó en obras que se montaban como parte del programa educativo.

Motivado por una experiencia personal e interior, terminada la preparatoria, entró a la Compañía de Jesús, donde sintió la inspiración a una visión del mundo y una relación claramente espiritual con él. Concluido el noviciado estudió letras clásicas y ciencias, ahí sintió una atracción mayor hacia el teatro, por la dimensión enigmática que surge en la visión de lo humano que funda Sófocles.

Paradójicamente, en esos días de fe y conocimiento, como sigue hasta ahora, el mundo estaba en un estado turbulento.

Eran los, necesariamente convulsos, años sesenta, despertaba la revolución de las conciencias, la revolución sexual, la píldora y el peace and love, tras el cambio de orden mundial con las bombas de Hiroshima y Nagasaki y el redoble bélico de las tensiones de la Guerra Fría.

Esto también cimbró las bases de la Iglesia, por lo que la Compañía de Jesús, buscando renovarse, sacó de su claustro a sus estudiantes, integrándolos a las universidades. Para sorpresa del dramaturgo, a él lo mandaron a estudiar teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México.

De Tavira llegó a la UNAM en 1968, pero, antes de la llegada de los estudiantes de nuevo ingreso, entraron los tanques. Sus primeras experiencias fueron durante el movimiento estudiantil: marchas, mítines, militares, Tlatelolco. Un alud de realidad que cambió su perspectiva del mundo, del país y de su generación, la del movimiento que reclamaba condiciones de democracia para México.

Pasada la represión y reanudadas las clases en Ciudad Universitaria, Luis de Tavira abreva de grandes maestros: la dramaturga Luisa Josefina Hernández, el poeta Ramón Xirau, o los filósofos Eduardo Nicol y Adolfo Sánchez Vázquez. Pero fue el director teatral Héctor Mendoza, quien le causó el mayor impacto en cuanto a la escena se refiere, además, fue él quien descubrió su talento como director. También fue determinante su influencia en lo académico, lo invito como adjunto en sus clases de actuación en el Palacio de Bellas Artes, aún sin haber terminado la carrera. Esto lo alejaría de su plan original de ser jesuita para mudarse de lleno al teatro.

Luis de Tavira ha experimentado todas, o casi, las facetas del arte escénico, desde su escritura, hasta la búsqueda de apoyos y la creación y dirección de instituciones, pasando por el rol, por supuesto de director, actor, investigador y pedagogo.

Este bagaje se han visto reflejado tanto en sus textos, como en la fundación de instituciones teatrales en el país, como el Centro Universitario del Teatro de la UNAM, el Centro de Experimentación Teatral del INBA o el Centro de Arte Dramático de Michoacán, donde creó la compañía ambulante Teatro Rocinante, que hasta la fecha se presenta en comunidades apartadas del estado, a pesar de la violencia que impera en aquella geografía. También asumió la dirección artística de la Compañía Nacional de Teatro, de forma muy exitosa.

“Nuestra tarea es formar público. El teatro es el arte de la reunión que funda a la comunidad, nos convoca a encontrar lo que tenemos en común. El teatro nos vuelve espectadores de nuestro propio acontecer, en el que nos reconocemos, tal y como dijo Sócrates a Eliades, quien le pregunto sobre cómo podría llegar a conocerse a sí mismo, ‘necesitas un espejo y un diálogo’, el teatro es ese espejo y ese diálogo”, afirma el director, quien reconoce que “una obra de teatro no puede cambiar el precio del pan, pero puede cambiar las conciencias de los que sí pueden lograrlo”.

Con Matteo Ricci, el maestro de Tavira concluye la trilogía en torno a los jesuitas, producida por Enrique González Torres, que tiene por objetivo reflexionar sobre grandes jesuitas que han dado lecciones, vigentes hoy en día. En 2011 rememoraron el camino del humanista Francisco Javier Clavijero y sus compañeros jesuitas hacia el exilio en La expulsión, y en 2018 las grandes hazañas del paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin en El corazón de la materia.

El maestro de Tavira, en compañía de José María de Tavira, del jesuita Enrique González Torres y dos historiadores, viajaron a China, para conocer los lugares donde estuvo el padre Ricci en sus 28 años de trabajo en ese país.

También viajaron a Roma en donde se entrevistaron con el padre Federico Lombardi (1942), que fue provincial de los jesuitas en Italia y portavoz de la Santa Sede del 2006 al 2016. Es el encargado de la causa de beatificación de Ricci y uno de los grandes conocedores de su vida y trabajo.

Matteo Ricci, una obra dirigida por Jorge A. Vargas y Luis de Tavira es un texto de José Ramón Enríquez, José María de Tavira y Luis de Tavira se estrenaría en 2020, pero por el COVID tuvo que permanecer guardado. En 2023 se retoma el proyecto, sin embargo, “no desde el mismo lugar, ni entendido igual ya que tras los sucesos de estos tres años no somos los mismos. Entendemos el mundo diferente, la experiencia del teatro nos toca diferente y celebramos la presencia y la reunión”, comenta Luis de Tavira.

La impunidad es un animal que se traga todo. Afirmaba Matteo Ricci, frase que ahora cobra mucho mas vigencia y resonancia que nunca.

“No sólo eso, ahora sentíamos que teníamos que hablar de la tragedia de los asesinatos de los sacerdotes jesuitas en Cerocahui, Chihuahua, y reflexionar en las lecciones que la experiencia de Ricci nos dejó. Es urgente pensar cómo ésta nos podría ayudar a vislumbrar un camino en el que el diálogo es posible. Con la llegada de la mirada de Jorge A. Vargas, todo logró una nueva dimensión”, puntualiza el director, dramaturgo, ensayista y maestro.

“La figura de Matteo Ricci despertó mi interés en gran medida porque representa una postura no colonial de las misiones religiosas en una época en que el mundo estaba hecho de relaciones de dominación. Ante los hechos trágicos de Cerocahui, en las montañas de la Tarahumara, no solo se actualiza la figura de Ricci en esta vocación por hacer de una cultura ajena su lugar de residencia espiritual, social, cultural e incluso política, sino que también nos interroga sobre el verdadero sentido de desplazarse con honestidad y sin restricciones hacia lo otro y los otros”, comenta Jorge A. Vargas.

El espléndido y espectacular diseño visual corre a cargo del escenógrafo e iluminador Philippe Amand. Carlo Demichelis y Jerildy Bosch, con un diseño de vestuario que evoca a la China del siglo XVI. El artista plástico José Pineda multiplica a los diez actores en escena, con su propuesta de títeres y máscaras. Este viaje épico es acompañado por un diseño sonoro de Joaquín López Chapman, Jesús Cuevas y Pedro de Tavira. Juan Pablo Villa está a cargo de la composición coral interpretada en vivo.

Matteo Ricci, un bellísimo espectáculo en el que el maestro de Tavira condensa su vasta experiencia en el teatro, donde podemos constatar que, de Tavira, no hace teatro, es teatro, al cual conoce a la perfección desde sus entrañas. Ricci cierra la triunfal trilogía, como colofón de La expulsión, sobre la salida de los jesuitas mexicanos, seguida por El corazón de la materia, en torno a las relaciones entre fe y ciencia, y cierra con este jesuita del siglo 16 que logró el encuentro con China para reflexionar sobre las relaciones entre Oriente y Occidente.



El teatro es de todos. ¡Asista!


Absolutamente recomendable. Deje todo y corra a verla.



Matteo Ricci, de Luis de Tavira, Jorge A. Vargas, José Ramón Enríquez y José María de Tavira.

Dirección: Jorge A. Vargas y Luis de Tavira

Actuación: Esther Orozco, Rocío Leal, Alejandra Garduño, Pati Yáñez, Valentina Manzini, Ricardo Leal, Héctor Holten, Andrés Weiss, Adrián Aguirre y David Martínez Zambrano.

Teatro de las Artes. Centro Nacional de las Artes. Río Churubusco 79, en la colonia Country Club.

Miércoles a viernes, 19 horas, sábado y domingo, 16 horas, hasta el 11 de junio. $150 | Jueves $30 | Viernes 2 x 1

Boletos en taquilla o a través de Ticketmaster y en las taquillas del Cenart.


 
 
 

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