La Gaviota representa el arte de la decadencia. Texto y fotos: Salvador Perches Galván.
- eseperches
- 12 abr 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 19 abr 2024

En tus obras nunca pasa nada.
Solo se habla
Antón Chejov. La gaviota
Octubre 17 de 1896 se estrena en el Teatro Aleksandrinski de San Petersburgo, La Gaviota de Antón Chéjov. Un rotundo fracaso. Diciembre 17 de 1898, el público la recibe con “un rugido, un fragor de truenos, aplausos frenéticos.”
Entre ambas representaciones: El Teatro del Arte de Nemiróvich-Dánchenko y Konstantin Stanislavski.

La obra, dividida en 4 actos, transcurre en la hacienda de Sorin, un burgués terrateniente de la Rusia de finales del siglo XIX, antiguo funcionario. El conflicto principal gira en torno a cuatro personajes: Arkadina, famosa actriz. Treplev, su hijo, que da sus primeros pasos en la dramaturgia y busca la aprobación de su madre. Trigorin, amante de Arkadina, famoso escritor a pesar de sí mismo. Nina, aspirante a actriz, amor de Treplev, que acaba enamorada del escritor.
Les acompañan: Sorin, hermano de Arkadina, y tío de Treplev. Mascha, y su madre Polina, enamorada del médico Dorn y Medvedenko, maestro del pueblo.

Junto con El tío Vania, El jardín de los cerezos y Las tres hermanas, conforman un retrato naturalista, con ciertos toques de simbolismo, de una época y una sociedad en decadencia que desaparecería pocos años después.
Si alguna vez necesitas de mi vida ven y tómala
Antón Chejov. La gaviota.

La complejidad de los personajes chejovianos está más allá de la interpretación de los actores, los personajes callan más de lo que dicen. En La Gaviota no hay grandes escenas dramáticas porque estas ocurren fuera de escena. No es una obra con un personaje principal, sino un drama coral, de personajes insatisfechos, con un deseo vital de amar y ser amados sin que ese deseo se cumpla. Chéjov les hace deambular por el escenario hablando de trivialidades, pero dejando caer, como pequeñas gotas, los conflictos de cada uno.
En Mi vida en el Arte Stanislaski afirma: “su delicia consiste en lo que no se transmite con palabras, en lo que está oculto, en las pausas, en las miradas, en la irradiación de sus sentimientos interiores”.
Dánchenko y Stanislavski, utilizando su experiencia en el estudio de personajes, consiguen dotarlos de vida, de un pasado y un futuro que les hace trascender más allá de la obra.
El rotundo triunfo de la obra le llegó a Chéjov en un “minucioso telegrama explicativo”. Chéjov, por cuestiones de salud, no pudo asistir a ninguna representación de aquella temporada, el equipo entero consintió en hacer una especialmente para él, montaje en el que pudo involucrarse personalmente.
El Teatro del Arte de Moscú llevaría a escena el resto de las obras de Chéjov, pero, la importancia que para ellos representó La gaviota se reconoce en que el TAM usa como símbolo desde entonces, una gaviota.
Si empiezas a sentir amor en tu corazón debes extirparlo
Antón Chejov. La gaviota.

Posiblemente el intimismo del dramaturgo y narrador ruso (1860-1904), su atención a los sentimientos reprimidos y la gran centralidad femenina en sus textos le permiten conectar con la sensibilidad actual.
Para Chéjov, la gente educada “respeta al individuo, y por eso siempre es indulgente, blanda, cortés y condescendiente”. “Disculpa el frío, la carne demasiado hecha, la acritud y la presencia de los extraños en la casa”. La gente educada “paga impuestos”; “es honrada y teme la mentira como el fuego”; “no se humilla con la finalidad de suscitar compasión en el otro”; “no es vanidosa”; “si tiene talento, lo respeta”; “educa su gusto estético”. “Para educarse y no estar por debajo del nivel medio hace falta el trabajo constante día y noche, la lectura permanente, el estudio, la voluntad”...”Hay que tener el coraje de renunciar y arrimar el hombro”.
En La Gaviota todos ensayan la vida que quieren tener, sin animarse a avanzar en la versión definitiva.

La propuesta de esta peculiar Gaviota, adaptada por Cristian Magaloni y Roberto Beck, es el cruce de los clásicos y la contemporaneidad, a partir del uso articulado y audaz de múltiples lenguajes: la música, el color, la iluminación, los objetos, la escenografía, el público.
Desde su debut ruso en 1896, es posible que La Gaviota sea la obra teatral más veces escenificada de Antón Chejov. Esto se debe, sin duda, a la universalidad de los temas que toca: el deseo, ya sea de amor, fama, compresión, trascendencia o piedad; la fragilidad de la naturaleza humana, la compleja estructura de una engañosa y simple vida familiar, a las escenas ricas en subtexto, a la atmósfera que es un laberinto cuyas paredes se estrechan.

Es una obra donde poco acontece, por lo menos en el exterior, pero donde los sentimientos y reflexiones de los personajes van creando lentamente el desenlace. Chejov habla de amor, arte, melancolía, aspiraciones, cuestionamientos personales y sueños irrealizables, de gente normal en sus rutinas.
¿Eres feliz?
Estoy casada.
Antón Chejov. La gaviota.

El texto es exquisito y espléndidamente interpretado por todos los actores, encabezados por la gran Margarita Sanz y Boris Schemann, acompañados por Roberto Beck, Assira Abbate, Pablo Perroni, Lourdes Gazza, Julio César Luna, José Ramon Berganza, Ana Kupfer, Ditmara Náder, cuadro de elevada calidad histriónica. La puesta en escena del talentoso Cristian Magaloni le imprime al texto, acción dinamismo y poesía.
Propone un espacio poco convencional, aunque pequeño y con gran despliegue. El vestuario es funcional y atractivo. La escenografía creativa e íntima, el espectador se siente dentro, y partícipe de la obra.

La ausencia de complejas tramas y de narradores omniscientes es, quizás, una de las características de la literatura de Antón Chéjov. El estrepitoso fracaso del estreno de La Gaviota en 1896 hizo que éste dudara de su capacidad como escritor dramático; tanto que aseguró que jamás volvería a escribir una obra de teatro, afortunadamente, sólo fue un arrebato y, posteriormente, tomaría la costumbre de no asistir ni a los ensayos, ni a los estrenos de sus obras. Se adelantó mucho a su tiempo, el público y la crítica lo rechazaron. Sin embargo, gracias al apoyo de Stanislavski y Dánchenko, esta joya brilla desde entonces.

Desde el inicio de la obra podemos adivinar que sus personajes viven en la desdicha, en la insatisfacción e, incluso, en la resignación de arrastrar sus días, entre esbozos de sueños que nunca llegarán a ninguna parte. Lo queramos reconocer o no, cualquiera de ellos podríamos ser nosotros: gente normal, cuyos nombres sólo conocen los amigos, conocidos y allegados. No somos héroes, ni mártires, ni libertadores; simplemente, seres humanos que nos topamos con un abismo que nadie nos había descrito bien.

El metateatro o el teatro dentro del teatro constituye uno de los ejes de esta obra. Desde el comienzo nos encontramos con un escenario dispuesto para una función de aficionados y atestiguamos el poder de convocatoria que tendrá el evento. Más tarde, se plantea la dicotomía entre el teatro de la vida: la doble moral, la hipocresía y todas las caretas que utilizamos a diario; y el teatro útil, aquel que escenifican los “profesionales” del arte, el sustancial, el que tiene que existir.

Médico de profesión y escritor de vocación, Chejov cultivó en su mayoría el drama y los cuentos cortos. Si bien sus escritos suelen asociarse al programa simbolista ruso, tan de moda en su época, Chejov acometerá dicha corriente artística desde la óptica del naturalismo y realismo propios de Tolstoi o Dostoyevski; usando escenas costumbristas, aunque siempre desde un punto de vista dialéctico con el que critica ambas formas de hacer arte. También es evidente la crítica a la sociedad de su momento, no tanto desde la óptica de contraposición de los valores populares contra las vilezas de los acomodados, como harían la mayoría de sus contemporáneos, sino desde la comprensión de los problemas de esta última: un grupo decadente, pero educado, ocioso, alejado del mundo y poseedor de una sensibilidad tan absoluta que acaba siendo incapaz de gobernar sus propias emociones.

“Cada vez estoy más cerca del convencimiento de que el hombre, cuando escribe, no piensa en viejas o en nuevas formas, sino que deja fluir libremente su alma”.
Chejov concluye que “el arte debe basarse en la libertad absoluta del artista a la hora de crear y el uso de los cánones y modas debe atender a sus propios intereses; sólo así es posible lograr la originalidad”.

Chejov expone en La Gaviota: el arte es una excusa para esconder la decadencia. La decadencia de un escritor que no siente nada salvo sus propios apetitos; como Trigorin, la decadencia de un hombre idealista abandonado por su amada; como Treplev, la decadencia de una joven ingenua que se fio de un sinvergüenza y la destruyó. Esto es lo que oculta el famoso monólogo de Nina.
Una obra sorprendente, redescubierta como nueva con cada lectura, con una corriente subterránea conmovedora, con unos personajes inolvidables, con un planteamiento sobre la creación literaria, sobre la vida como problema estético, turbador y ciertamente derrotado; una amargura deliciosa.
En síntesis, La Gaviota representa el arte de la decadencia.

El teatro es de todos. ¡Asista!
Absolutamente recomendable.

La Gaviota. De Antón Chejov.
Dirección: Cristian Magaloni.
Actuación: Margarita Sánz, Boris Schoemann, Roberto Beck, Assira Abate, Pablo Perroni, Lourdes Gazza, Julio César Luna, José Ramón Berganza, Ana Kupfer y Ditmara Náder.
Producción: Ana Kupfer, Sergio Mingramm, Enrique Orozco, Pablo Perroni, Alberto Alva y Cristian Magaloni.
Escenografía e iluminación: Jesús Hernández.
Vestuario: Jerildy Bosh.
Composición musical: Antonia Suillerot.
Compositor de la música de Stanis: Omar Guzmán.
Letra Stanis: Margarita Zans.
Asistencia de dirección: Paola Arrioja.
Martes, 20:30 horas, hasta el 16 de abril.
Foro Lucerna, Teatro Milán. Lucerna 64, esquina Milán. Colonia Juárez, Alcaldía Cuauhtémoc. Metrobus Reforma.
Duración aproximada: 3 horas con intermedio.
Clasificación: A partir de 15 años.
Entrada general $550. De venta en taquilla y ticketmaster.




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