Hacer jirones el alma. Texto y fotos: Salvador Perches Galván.
- eseperches
- 22 ago 2023
- 8 Min. de lectura

Gracias a Hugo Arrevillaga, por supuesto, a Boris Schoemann, el dramaturgo Wajdi Mouawad se ha convertido en un referente en el teatro mexicano. Arrevillaga ha montado: la tetralogía La sangre de las promesas, conformada por Litoral, Incendios, Bosques y Cielos. Sedientos, Alphonse y Pacamambo, Las lágrimas de Edipo, Camino para recuperar mi rostro, adaptación del talentoso director para teatro de la novela autobiográfica Rostro recuperado, de Mouawad. Fue director residente para Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente, que montó la Compañía Nacional de Teatro. Ventanas, obra de teatro escrita y dirigida por él, basada en textos de Mouawad. En febrero de 2012 montó en programa doble Cuchillo y Un obús en el corazón.

La obra de Mouawad reitera la exploración que este autor ha hecho acerca de la memoria, la infancia y la necesidad de curar y sanar heridas del cuerpo y del alma. Wajdi Mouawad es ya un clásico contemporáneo. Ha llevado a cabo lo que parecía imposible: ha escrito ficciones actuales con la materia de Sófocles y de Shakespeare. Juega con el destino, somete a sus personajes a los caprichos de oráculos y dioses cuya existencia habíamos olvidado… ha renovado la tragedia, situando el origen de sus tramas en su Líbano natal. Con esta materia y gran talento para exponer la condición del ser humano: ¡la tragedia no ha muerto!, y Wajdi Mouawad la ha atrapado en el espíritu de Oriente Medio, la región más trágica del mundo. Mouawad es capaz de escribir parlamentos de belleza insoportable, de componer personajes de una humanidad excesiva.

Una historia desgarradora, basada en la infancia del propio autor, es Un obús en el corazón, en donde relata el maltrato físico y mental que vivió de niño en un ataque paramilitar en Líbano.
Un obús en el corazón contiene tragedia como belleza. Wahab, de diecinueve años, es despertado a las cinco de la mañana por la llamada de teléfono de alguien que solo le dice una palabra: «ven». Sabe que su madre está muriendo y que ha de acudir al hospital donde agoniza. En ese trayecto, en un momento en el que es demasiado tarde para ser de noche y demasiado temprano para ser de día, su vida se le presenta a fogonazos. La realidad se entremezcla con la memoria y la ensoñación. Wahab se pone su abrigo, camina sobre la nieve y rememora, en cada paso, a la madre que está a punto de perder. Los contornos son indefinidos. La nieve, el frío y la tormenta acentúan la proximidad de la muerte.

Wahab pronuncia un monólogo que deja entrever su relación con su madre agonizante. Ella cambió de rostro cuando él tenía catorce años. La identidad de la madre, que ahora tiene una cabellera rubia color ceniza, se configura como un enigma. No es su único trauma. Wahab rememora un episodio de su niñez en el que un autobús lleno de personas es acribillado e incendiado por un grupo de milicianos. Ahora, cuando su madre va a morir, recuerda a aquella mujer «de las extremidades de madera» que apareció en medio del caos para arrancar y comer la cabeza de uno de sus amigos. Ahora, en medio de la noche, camina sobre la nieve y descubre a un grotesco Santa Claus (que nos remite al de Carlos Monsivais en Los caifanes) que cambia la rueda de un coche. La imagen tiene el brillo de la nieve, la lucidez de la alucinación. Santa gira, y en un breve y tenso intercambio aprende que Wahab va a ver a su madre porque se está muriendo. Wahab también informa al conductor del autobús de esta circunstancia. Que su madre esté muriéndose, nos dice Wahab, le da algunos derechos…
Los miedos, la violencia y la fragilidad de la infancia son los temas centrales de Un obús en el corazón.

La propuesta escénica de Rebeca Trejo, quien, desde hace más de una década, cuando formaba parte de la compañía Tapioca In, tuvo acercamiento con el autor montado sus obras como actriz y productora, ahora, por vez primera, lo hace como directora. Trejo ha expuesto que le interesó profundizar en los momentos internos del personaje, momentos oníricos y momentos de realidad que lo llevaran a confrontarse con su propia existencia, el resultado, un montaje sensible, profundo y lúdico, que mantiene el humor que el texto de Wajdi, traducido por Raquel Urióstegui, sugiere.
“La obra es el trayecto físico que hace el personaje de su departamento al hospital, al cuarto en donde muere su mamá y sale. Es un recorrido en los recuerdos, en la memoria, él indaga en qué momento comenzó esta historia y cuándo terminó: ¿comenzó cuando me enteré que mi mamá tenía cáncer o empezó el día que vi al autobús incendiarse? y empieza a hacer un recorrido mental como para liberar esos fantasmas”, comenta la directora.

La infancia del protagonista, Wahab, se desarrolla en el Líbano, país en donde se vivía una guerra civil, y quedó marcada cuando a sus siete años, paramilitares tomaron un autobús de civiles y lo incendiaron, hecho que cambió una infancia de juegos y esperanza por un enfrentamiento con la violenta realidad de la que fue testigo.
Ese hecho le generó un inmenso miedo a Wahab, que materializó en una mujer a la que nombra la “mujer de extremidades de madera”, la cual es como su monstruo y está presente durante toda su vida a través de sonidos, dudas y miedos.

Wahab y su madre fueron exiliados, primero en Francia y luego en Canadá, donde, a sus 14 años, de nueva cuenta enfrenta una situación difícil que lo hace huir de casa al no reconocer a su madre, quien ha cambiado en todo sentido porque el cáncer que padece la transforma. A su vista, de una mujer con rostro ovalado, ojos redondos y cabello bonito, a una mujer pálida, delgada y con cabello rubio.
Infancia es destino, reza un dicho y “El autor tiene una frase: ‘La infancia es un cuchillo clavado en la garganta, no se saca fácilmente’, es una metáfora de que no se puede sacar porque se atora y si lo sacas te desangras; así, todo lo que sucede en la infancia se queda enterrado en el corazón y nos determina cómo seres humanos y en el mejor de los casos nos ayuda, pero las infancias son sensibles y ciertas situaciones se alojan en otro lugar”, apunta Trejo.

La propuesta escénica se apoya en una sofisticada instalación multimedia, el protagonista se desplaza entre cuadros escénicos dibujados en pantallas, como si la memoria le hubiera reventado, porque lo que él recuerda, no significa que fue lo real.
“Todos tenemos un miedo profundo que nos persigue y que indudablemente un día lo vamos a enfrentar. Del personaje, su miedo más grande es volverse a encontrar con esa aniquilación o violencia, con la muerte. El miedo nos paraliza, nos moviliza o nos hace huir”, acota Trejo.

Protagonizado por Bernardo Gamboa, el monólogo es apoyado por la actriz Paula Watson en video. La propuesta de la directora es muy visual, dado que el personaje es un artista y, por ello, realiza cuadros escénicos; el resultado es un lugar abstracto, un camino dibujado en pantallas.
Aunque en el texto el recorrido físico lo realiza Wahab a los 19 años, Rebeca Trejo decidió que el narrador sea el mismo actor a sus 44, cuando ya existe un entendimiento o reflexión de lo que habla en un presente continuo del recorrido que realiza, y que resulta un flashback en recuerdos que son como sueños. El trayecto al hospital que se vuelve una peripecia, durante la cual, incluso, tiene un encuentro con un Santa Claus.

Wahab es el niño que ha condensado sus temores en una imagen aterradora, pero también el adolescente que inventa historias fantásticas dentro de un departamento, el que huye, pero también enfrenta, el que cuida y busca adaptarse a un país y una lengua que no son las suyas.
La guerra civil del Líbano atraviesa toda la obra sin hacerlo de manera directa. Está ahí como una sombra, un recuerdo vivo, encarnada en la enfermedad y en los sueños. Es una presencia invisible, densa, que se concentra en el espacio y define los trayectos del protagonista, a veces intentando no mirar, otras buscando cómo convivir con imágenes inenarrables, cómo traducirlas, cómo hacerlas vivibles.

Wahab se desdobla, su madre sufre una metamorfosis, como el escenario, que muta, igual que el tiempo, nunca son permanentes. Las rampas en el escenario nos transportan del pasado al presente, de la indiferencia a la angustia más profunda, porque desde ahí también se concretan y acotan lugares (un autobús, un estacionamiento, un pasillo, un cuarto, la calle). La mujer de extremidades de madera que el protagonista encuentra en sus sueños encarna el miedo, la violencia, la enfermedad, la muerte, y obliga a mirar, ¿Cómo procesamos lo que vivimos? ¿Cómo traducimos nuestros escenarios de terror?.

La mujer de las extremidades de madera, es el horror de la guerra, la muerte, el cáncer, volverá a aparecer en la habitación del hospital, enfrentada a una manada de lobos, porque «solo un miedo de la infancia puede acabar con otro miedo de la infancia».
Wahab, apela directamente al espectador, le cuenta verdaderamente su historia, se la transmite, no habla consigo mismo, sino con un interlocutor real. Sin embargo, ese orden es a menudo frustrado por la condición casi infantil del protagonista. El público sabe de Wahab más de lo que Wahab parece saber de sí mismo, un personaje vencido demasiado pronto, un hombre, apenas un niño, que lleva consigo todas las heridas de guerra.

Bernardo Gamboa sale al escenario. El público, afirma, no es su amigo, desea matarlos. Hay una entrega absoluta en su representación. Las armas del actor son la modulación de la voz, la apostura de un hombre que es todavía un niño, la voz de su cuerpo y de sus movimientos, la fuerza y la ternura.
Su alter ego, el autor que ha creado a Wahab, nació, como Hovik, en Beirut. Wajdi Mouawad (Beirut, 1968) vivió en Líbano hasta los ochos años. Allí, a principios de la guerra civil libanesa, contempló desde lo alto de un edificio cómo las milicias cristianas acribillaban un autobús repleto de refugiados. Este episodio lo integró en Un obús en el corazón, pero también en Incendios. Su familia marchó a París, donde vivieron seis años, hasta que Francia decidió no volver a renovarles el permiso de residencia. Habían disfrutado demasiado tiempo del estatuto de refugiados. Tuvieron que marchar a Quebec. Wajdi Mouawad tiene nacionalidad canadiense.

Un obús en el corazón es la primera obra del dramaturgo canadiense, en donde el gran actor Bernardo Gamboa brilla con luz propia dando vida a Wahab en esta impactante historia escrita por Wajdi Mouawad, sin duda, uno de los dramaturgos más prestigiosos de la escena internacional.
Bernardo Gamboa da vida a Wahab en una gran interpretación que llega al alma, brinda una extraordinaria actuación llena de verdad, de humanidad y visceralidad, caracterizada, de manera notoria, por su impresionante desgaste físico. El sudor que aparece durante la representación, expresa de la mejor manera ese dolor tan desgarrado que siente su personaje y que se funde con las lágrimas que le brotan del alma. Luego de Tártaro, Gamboa se doctora en este monólogo dando vida a Wahab, demostrando que hay (siempre lo ha habido) un enorme actor con un increíble talento para la interpretación y para contar historias.

Siempre que vemos una historia de Mouawad, se sale tremendamente removido, conmovido, compunjido. Es como si un terremoto devastara las entrañas. El autor logra hacer jirones el alma con relatos escritos desde las propias entrañas, con las mismas vísceras. No es de extrañar, por tanto, que el canadiense de origen libanés se haya convertido en uno de los dramaturgos más reputados a nivel internacional. Su crudeza a la hora de contar las historias, su desbordante capacidad narrativa y descriptiva, y sus temáticas, siempre con tintes autobiográficos, son algunas de las claves que le han llevado a lograr este rotundo éxito.

Wajdi Mouawad fue nombrado en 2016 director de La Colline, Teatro Nacional Francés. En los últimos 20 años se ha impuesto en la escena internacional por la vitalidad de su escritura y la singular nitidez de su estética teatral. Ya sea por medio de sus obras o sus novelas, expresa la idea de que “el arte es un testimonio de la existencia humana visto a través del prisma de la belleza”.

El teatro es de todos. ¡Asista!
Absolutamente recomendable. Deje todo y corra a verla.

Un obús en el corazón. de Wajdi Mouawad.
Dirección: Rebeca Trejo.
Actuación: Bernando Gamboa en escena, Paula Watson en video.
Traducción: Raquel Urióstegui.
Producción: Teatro UNAM y Compañía Dorado 70.
Diseño de vestuario: Lissete Barrios.
Escenografía e iluminación: Jesús Hernández.
Música original y diseño sonoro: Carlos Matus.
Movimiento escénico: Arantza Muñoz Montemayor.
Lunes y martes 20 horas, hasta el 12 de septiembre de 2023.
Teatro El Galeón, Abraham Oceransky, Centro Cultural del Bosque. Reforma y Campo Marte, Atrás del Auditorio Nacional. Metro y metrobus Auditorio.
$150.00 General, $45.00 Afiliados al programa Gente de Teatro con credencial vigente.




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